
Zurbarán
07/10/2026 – 25/01/2027
Retratos de santosFrancisco de Zurbarán
Santa Casilda, hacia 1635
Óleo sobre lienzo, 171 x 107 cm
Madrid, Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, 448 (1979.26)
El Concilio de Trento, reunido a partir de 1545 para elaborar la respuesta de la Iglesia a la Reforma protestante, recomendó la veneración de imágenes religiosas, con fines de educación, reafirmación de la fe y devoción. Aunque se priorizaron las figuras de Cristo y la Virgen, los santos también gozaban de gran popularidad, por su papel de intercesores ante Dios y como modelos de vida virtuosa.

En ese contexto, Zurbarán pintó figuras de santas que tuvieron mucho éxito. Se trataba de figuras representadas como jóvenes de la época, vestidas con prendas lujosas y ricamente engalanadas, en la mayoría de los casos vistas de tres cuartos. Con posturas graciosamente animadas, presentaban los atributos de su martirio y fijaban la mirada en el espectador. Las santas, expuesta por lo general en serie, se representaban caminando, como en las procesiones de jóvenes vírgenes organizadas con motivo de las grandes celebraciones religiosas.

Dentro de esa abundante producción, destacan las figuras aisladas, como la de Santa Margarita de Antioquía; las concebidas en pareja, como Santa Catalina de Alejandría y la santa mártir conservada en Bilbao —posiblemente santa Isabel de Portugal—, que podrían corresponder a los retratos de dos hermanas; y también varios elementos de retablos. Así, por ejemplo, la Santa Apolonia del Louvre y la Santa Lucía del Museo de Bellas Artes de Chartres formaban parte del altar mayor de la iglesia de Señor San José del monasterio de la Merced Descalza de Sevilla.

Santa Casilda, hija de un rey musulmán de España, se convirtió al cristianismo. Su padre la sorprendió cuando llevaba pan a presos cristianos y las hogazas que ocultaba entre la ropa se convirtieron en rosas. Comparte la misma iconografía con dos reinas, santa Isabel de Hungría y santa Isabel de Portugal, lo que explica la identificación en ocasiones fluctuante entre esas tres figuras de sangre real.

Zurbarán presta especial atención a la plasmación de los tejidos, que conocía bien gracias al oficio de su padre, comerciante textil. Hace palpable el espesor del brocado de terciopelo del vestido, que contrasta con la firmeza del tafetán de seda de la capa. La impresión de opulencia que desprenden la vestimenta y las joyas refleja la gloria de la santa en el paraíso. Una luz intensa esculpe su rostro, cuyos rasgos parecen individualizados, pese a no tratarse de un retrato. Algunas de estas representaciones podían constituir, en efecto, retratos a lo divino, es decir, auténticos retratos de muchachas representadas con atributos religiosos.



